sábado, 20 de julio de 2013

HOY, LO MÁS BONITO QUE HE LEÍDO NUNCA.





























Vuelvo a encontrarme con el mar, con el susurro de sus sonidos que parecen tranquilizar el alma.
Vuelvo a encontrarme con él porque lo necesito a lo largo del año y lo busco a veces y lo encuentro con su brisa de siempre y el suave sol de su invierno.

También hoy me he acercado a su orilla acariciando el agua, cerrando los ojos solamente para oírlo ¡tan bonito como suena!, incluso cuando habla un poco embravecido.Jugando como siempre con piedras de superficie plana para que se deslicen por su espejo, al lado de mi hijo y de nuestra risa.
Él ,con corazón de adolescencia, tira piedras.
Yo... lastres para ayudarme a vivir más plenamente.

No ha sido nuestro encuentro como el de otras veces; los reflejos del sol han dejado al descubierto una espalda de vidrio que ha llegado hasta la arena con algo en su interior, un papel enrollado como aquellos que los náufragos lanzaban al agua esperando ser algún día salvados por los que lo encontraran.

Dentro de la botella un mensaje que nos habla de las cosas que deberían ser esenciales en nuestra existencia, del sol que llevamos dentro, de la importancia de despojarnos de todo atisbo de maldad, de la belleza que alberga una simple espiga y de esas pequeñas cosas que muchas veces parecieran invisibles y pueden ser la fuente de nuestra felicidad, esa felicidad que tod@s ansiamos y no sabemos encontrar o retener por mucho tiempo.

Sé que el autor del manuscrito que acabo de leer no necesita ser salvado y me tranquiliza, pero desde hoy aquí en la orilla esperaré , atenta entre el sonido de estas olas,encontrarme otro mensaje que me salve a mí y me hable de sus eternos viajes...


















EL REGALO DE LA EXISTENCIA

Ayer tarde fui a visitar a un viejo amigo enfermo. Lo hallé demacrado y sin fuerzas. Desde finales de año, por culpa de una extraña infección, no levanta cabeza. Ha perdido el apetito y se pasa el día sentado en el sofá. Se emocionó al verme. Las lágrimas caían de sus ojos, lentas y serenas, como llenas de añoranza.


Intenté animarlo. Le hablé de que todos, sin remedio, pasamos por días malos. De que lo esencial ahora era luchar para sobreponerse a las adversidades. De la necesidad de revestirse de coraje para salir de las noches oscuras que nos llegan de repente y cuando menos lo esperamos. De que lo importante es aprender de los infortunios que nos invaden para mejorar, para cambiar el rumbo de la nave en la que íbamos por mares equivocados, lanzando lastres y sanguijuelas al agua, porque no sirven para otra cosa que para obnubilarnos la conciencia y sorbernos la sangre. De lo hermoso que es reencontrarse, tras el túnel, con uno mismo y perderse, gozoso, en un caminar solitario disfrutando de paisajes y músicas irrepetibles...


“En cuanto vengan los días buenos, saldré yo también a dar un paseo.” Me dijo. “Nada más salga el sol, voy a intentar que salga también mi sol de dentro, ése que he tenido oculto porque las nubes de las ambiciones y los egoísmos, de la lucha diaria, me lo han tapado impidiéndome darme cuenta de que estaba vivo. Espero que no sea demasiado tarde y me recupere. Si Dios me da una nueva oportunidad no pienso desaprovecharla”. Concluyó.


No sé. No sé si se obrará el milagro. Ojalá. Por lo visto las cosas andan complicándose. Lo único verdadero es que siempre nos damos cuenta de lo hermoso de la vida cuando estamos a punto de perderla. Nos creemos eternos, pensamos que la muerte sólo se da en los demás. Y no somos capaces de despojarnos del disfraz con el que nos vestimos cada día y, en la desnudez de lo que de verdad somos, gozar todo lo más posible de las estrellas y de la lluvia, de un sorbo de vino, de una sonrisa que se ofrece, de la lectura de un libro que busca hacerse amigo de verdad..., de un paseo contemplando las montañas y escuchando el canto de los pájaros, de un beso de buenas noches...

¡Qué pena que para muchos vivir sea un sinvivir! ¡Qué pena! No obstante, hay quienes, los menos, saben que la existencia es un regalo que sólo tiene sentido desde la paz interior y la huida de cuanto representa la maldad. Otros, la mayoría, por el contrario, pasan la vida sin saber siquiera que han vivido. 

Conozco incluso a un señor que cerca ya de los ochenta, en lugar de dedicarse a vivir en paz y disfrutar de la hermosura de las rosas y las espigas, anda coleccionando -y así desde que nació-, disputas ambiciosas sin escatimar la siembra de todo tipo de cizañas para conseguir sus objetivos, porque, según dice, no piensa morirse nunca.

No me extraña. Siempre el mal, como el peor de los cuervos, acaba enloqueciendo y sacándole los ojos al que lo crea y lo cría.


                                                            Ramón Molina Navarrete



  

















      
                                                                              

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